LA ORACION

¿Cuándo Dios no oye las oraciones?

 

Las Sagradas Escrituras no dice que Dios sea sordo. Dice otra cosa más grave: que a veces esconde el rostro y no atiende la oración. El oído de Dios no se ha agravado; el obstáculo está en el que ora.

Isaías lo deja claro:

«No se ha acortado la mano de YHVH para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír» (Isaías 59:1-2).

 

A continuación veamos los casos en que Dios no atiende las oraciones:

 

1. Cuando se pide contra lo que Dios ha determinado

Balaam. Dios no oyó a Balaam para maldecir a Israel, porque había determinado bendecir al pueblo.

«YHVH tu Dios no quiso oír a Balaam, y YHVH tu Dios te convirtió la maldición en bendición, porque YHVH tu Dios te amaba» (Deuteronomio 23:5).

Dios no se presta a oraciones que pretenden usar su poder contra lo que Él mismo ha dicho.

Otras citas:

«¿Cómo maldeciré yo al que Dios no maldijo? ¿Y cómo he de execrar al que YHVH no ha execrado?» (Números 23:8).

«He aquí, he recibido mandamiento de bendecir; Él ha bendecido, y no podré revocarlo» (Números 23:20).

«Porque no salieron a recibir a los hijos de Israel con pan y agua, sino que contrataron contra ellos a Balaam para que los maldijese; mas nuestro Dios volvió la maldición en bendición» (Nehemías 13:2).

    Ejemplo 1. Cuando se pide contra lo que Dios ha determinado.

Balaam fue contratado para maldecir a Israel. Dios no le oyó en aquello, porque ya había determinado bendecir a su pueblo.

«YHVH tu Dios no quiso oír a Balaam, y YHVH tu Dios te convirtió la maldición en bendición, porque YHVH tu Dios te amaba» (Deuteronomio 23:5).

Dios no se presta a oraciones que pretenden usar su poder contra lo que Él mismo ha dicho.

Ejemplo 2.

Si alguien ora para que vengan desgracias sobre el pueblo que Dios ama y ha determinado bendecir, esa oración no es oída como petición de juicio. Al contrario: lo que se intentó como maldición, Dios puede volverlo bendición para ellos. No porque el que ora tenga poder, sino porque la palabra de Dios no se revoca.

Eso mismo enseña Proverbios:

«Como el gorrión en su vagar, y como la golondrina en su vuelo, así la maldición nunca viene sin causa» (Proverbios 26:2).

 

2. Dios no oye la Soberbia y la vanidad

«Allí claman, y Él no oye, por la soberbia de los malos. Ciertamente Dios no oirá la vanidad, ni la mirará el Omnipotente» (Job 35:12-13).

El soberbio no se acerca como necesitado, sino como quien exige. No pide; reclama. No se humilla; se presenta. Por eso clama y no es oído: no porque Dios no pueda oír, sino porque la soberbia ya ha cerrado el camino.

La Escritura confirma el mismo principio:

«Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5).

La vanidad en Job 35:13 no es solo «orgullo vacío». Es lo hueco, lo falso, lo que no tiene sustancia delante de Dios: palabras, razones o pretensiones que no nacen de un corazón quebrantado.

Ejemplo. Quien ora desde la altivez —«yo merezco», «Dios tiene que», «no voy a doblarme»— puede multiplicar palabras y aun así no ser atendido. Quien se acerca como el publicano: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18:13-14), ese sí es oído. Dios no mira la vanidad; mira al humilde.

 

3. Dios no escucha a los que desprecian la corrección… y luego clamar cuando les llega la calamidad

Proverbios 1:20-33 no describe a un Dios caprichoso, sino a quien fue llamado primero y fue rechazado:

·    despreciaron sus represiones

·    no quisieron oír

·    desecharon el consejo

·    se burlaron

Cuando llega la angustia, «entonces me invocarán, y no responderé». El problema no es que Dios no pueda oír; es que ellos no quisieron oír cuando Él hablaba.

El mismo principio aparece en Zacarías 7:13:

«Como él clamó, y no escucharon, así clamaron ellos, y yo no escuché, dice YHVH de los ejércitos».

La sabiduría no calló al principio. Clamó en las calles, en las plazas, a la entrada de las puertas (Proverbios 1:20-21). Ellos taparon el oído. Después quieren que Dios abra el suyo de urgencia, sin haberse arrepentido de haber despreciado su voz.

 

Ejemplo. Un hermano es amonestado una y otra vez: por un pecado escondido, por un trato injusto, por no oír la Palabra. Dice que «ya sabe», se ríe, cambia de tema o acusa al que le corrige. Pasa el tiempo. Llega la crisis —enfermedad, ruina, familia rota— y entonces sí ora con urgencia: «Señor, sácame de esto». Si el corazón sigue igual —sin oír, sin doblarse, solo queriendo que cese el dolor—, esa oración no es oída como él espera. No porque la calamidad sea más fuerte que Dios, sino porque primero rechazó al que le hablaba en paz.

La diferencia no está en clamar o no clamar. Está en sí, al clamar, por fin se oye lo que antes se despreció.

 

4. Dios no oye a los que apartan el oído para no oír la ley

«El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable» (Proverbios 28:9).

No se trata de ignorancia honesta, sino de negarse a oír lo que ya se conoce. Orar pidiendo favor mientras se rechaza la Palabra es, según este versículo, algo detestable.

Dios no separa la oración de la obediencia. Quien cierra el oído a lo que Él ya habló, no puede abrir la boca como si no hubiera oído nada. La oración no anula la ley; si la ley es despreciada, la oración se vuelve abominación.

 

Ejemplo 1. Alguien conoce el mandamiento de no mentir, no robar, no cometer adulterio o no guardar rencor. Lo ha oído muchas veces. Aun así vive en ello y, el sábado o domingo, ora pidiendo bendición, provisión y «apertura de puertas». Esa oración no es piadosa: es un oído cerrado y una boca abierta. Proverbios 28:9 la llama abominable.

Ejemplo 2. Una iglesia oye la ley de hacer justicia, restituir y amparar al débil (Isaías 1:16-17), pero aparta el oído. Sigue con su liturgia, sus ayunos y sus peticiones. Multiplican oración, y Dios dice que no oirá, porque ya hablaron ellos primero: con su rechazo a la Palabra.

Oír la ley no es solo «saber el versículo». Es dejar que esa palabra juzgue la vida. Quien aparta el oído, aparta también la oración de la presencia de Dios.

 

5. Dios no oye al pecador que no abandona el pecado

    Este punto es muy importante, por lo que explicaremos más detalladamente:

Isaías 1:15-20. “Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo;  aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice YHVH, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de YHVH lo ha dicho.”

 

Isaías 59:1-8. “He aquí que no se ha acortado la mano de YHVH para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. Porque vuestras manos están contaminadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios pronuncian mentira, habla maldad vuestra lengua.           No hay quien clame por la justicia, ni quien juzgue por la verdad; confían en vanidad, y hablan vanidades; conciben maldades, y dan a luz iniquidad. Incuban huevos de áspides, y tejen telas de arañas; el que comiere de sus huevos, morirá; y si los apretaren, saldrán víboras. Sus telas no servirán para vestir, ni de sus obras serán cubiertos; sus obras son obras de iniquidad, y obra de rapiña está en sus manos…”

 

Explicación de las citas anteriores

Imagina a un hijo que rompe algo a propósito, lo esconde, sigue haciéndolo… y luego entra a la cocina pidiendo un favor grande, como si no hubiera pasado nada. El padre no está sordo. Está herido. Y no va a premiar la mentira.

Así habla Dios en Isaías.

Él no dice: «Mi oído se dañó». Dice lo contrario:

«He aquí que no se ha acortado la mano de YHVH para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír» (Isaías 59:1-2).

El problema no es que Dios no pueda oír.
El problema es que el pecado no abandonado levanta un muro.

 

Qué estaba pasando en Isaías 1

El pueblo oraba mucho. Alzaban las manos. Multiplicaban la oración. Y Dios dijo:

«Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos» (Isaías 1:15).

«Manos llenas de sangre» no significa solo matar con un cuchillo. Significa: han lastimado a otros y siguen como si nada. Hay injusticia, se practica lo malo, engaño, violencia, no se hace misericordia al débil. Oran con la boca y dañan con las manos.

Por eso Dios no mira esas manos alzadas. No porque odie la oración, sino porque odia la farsa.

Luego no los deja sin camino. Les dice, como a un niño al que todavía se le puede enseñar:

1.    Lavaos y limpiaos.

2.    Quitad la iniquidad de vuestras obras.

3.    Dejad de hacer lo malo.

4.    Aprended a hacer el bien.

5.    Buscad el juicio.

6.    Restituid al agraviado.

7.    Haced justicia al huérfano.

8.    Amparad a la viuda.

Eso es abandono del pecado: no solo decir «perdón», sino soltar lo malo y aprender lo bueno.

Y entonces viene la promesa más hermosa:

«Venid luego, dice YHVH, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos» (Isaías 1:18).

La grana y el carmesí eran colores muy fuertes, difíciles de quitar de la ropa. Dios dice: «Aunque tu pecado esté tan metido que parece que no sale, yo puedo dejarlo blanco como nieve». Pero hay que venir y oír, no seguir rebeldes.

 

Isaías 59 lo pinta con dibujos para que entiendan cuando Dios no oye

Para que se entienda aún más, el profeta usa imágenes:

·    Manos contaminadas de sangre y dedos de iniquidad: lo que hacen está sucio.

·    Labios de mentira y lengua de maldad: lo que dicen también.

·    Nadie clama por la justicia: no les importa lo correcto, solo lo suyo.

·    Huevos de áspides: sus planes parecen «solo un huevo», pero si se rompen salen víboras. El mal escondido produce muerte.

·    Telas de araña: sus obras parecen un vestido, pero no cubren. Nadie se abriga con tela de araña. Así son las «buenas obras» de quien no suelta el pecado: se ven, pero no tapan nada.

Por eso oran y Dios oculta el rostro. No por debilidad de Dios. Por el muro que ellos mismos levantaron.

 

Otros textos que dicen lo mismo

«Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado» (Salmo 66:18) En el Salmo 66:18, «mirar la iniquidad» no es darse cuenta de que el pecado existe. Es consentirlo: verlo, no apartarlo, y dejarlo quedarse en el corazón como algo que uno no quiere soltar.

«YHVH está lejos de los impíos, pero Él oye la oración de los justos» (Proverbios 15:29).

«Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal» (1 Pedro 3:12).

«Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios y hace su voluntad, a ése oye» (Juan 9:31).

Aquí «pecadores» no significa «todo el que alguna vez pecó». Si así fuera, nadie podría orar. Significa el que sigue en rebelión, sin temor de Dios y sin querer cambiar.

 

Ejemplos de las Escrituras

1. Israel oraba… y seguía oprimiendo.
En Isaías 1 y 59 el pueblo iba al templo, alzaba manos y pedía ayuda. Al mismo tiempo había sangre, mentira y rapiña. Dios no oyó esa oración. Primero quería manos limpias, no solo palabras bonitas.

2. Josué y el pecado escondido de Acán (Josué 7).
Israel acababa de ver caer Jericó. Luego fueron a Hai y fueron derrotados. Josué se postró en oración: «Señor, ¿por qué?». Dios le dijo, en esencia: «Levántate. Hay anatema en el campamento». Acán había robado lo que Dios prohibió y lo escondió. Mientras aquel pecado estaba tapado, la oración de Josué no resolvía la derrota. Cuando el pecado fue sacado a la luz, Dios volvió a estar con ellos.
Lección sencilla: a veces no es que Dios no oiga el clamor; es que hay algo escondido que hay que abandonar.

3. David escondió el pecado… y después lo confesó.
David pecó con Betsabé y contra Urías. Mientras lo tapó, hubo daño, muerte y silencio amargo. Cuando Natán lo enfrentó, David no se justificó. Dijo: «Pequé contra YHVH» (2 Samuel 12:13). Después oró:

«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» (Salmo 51:10).

Dios oyó esa oración, no porque el pecado fuera pequeño, sino porque David dejó de guardarlo. El mismo David escribió: si hubiera mirado la iniquidad en su corazón, el Señor no le habría escuchado (Salmo 66:18).

4. El fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14).
El fariseo oró «de pie», seguro de sí: «No soy como los otros». El publicano ni alzaba los ojos. Decía: «Dios, sé propicio a mí, pecador».
Jesús dijo que el publicano bajó justificado, y el otro no.
El pecador que se reconoce y se humilla es oído. El que ora sin abandonar su orgullo y su mal no es oído, aunque use palabras religiosas.

5. Nínive sí cambió… y Dios oyó (Jonás 3).
Nínive era una ciudad mala. Cuando oyeron el aviso, se humillaron, ayunaron y se apartaron de su mal camino. Entonces Dios vio «que se convirtieron de su mal camino» y no trajo el juicio anunciado.
No bastó el miedo. Hubo abandono del pecado. Esa es la diferencia.

6. Manasés: de mucha maldad a una oración oída (2 Crónicas 33:12-13).
Manasés hizo abominaciones terribles. Fue llevado cautivo. Allí «humilló mucho», oró, y Dios se conmovió y le oyó.
Si Dios hubiera dicho «nunca oigo a quien pecó», Manasés no tendría esperanza. Dios oyó cuando hubo quebrantamiento y cambio.

 

Para que quede bien claro

Dios oye al pecador que viene.
Dios no atiende al pecador que se queda.

·    Pecado cometido + arrepentimiento + abandono → hay camino.
«Venid luego… si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos» (Isaías 1:18).
«Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).

·    Pecado guardado + oración repetida + ninguna intención de cambiar → Dios esconde el rostro.
«Cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos» (Isaías 1:15).
«Vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír» (Isaías 59:2).

No se trata de ser perfecto antes de orar. Se trata de no querer el pecado y a Dios al mismo tiempo, como si los dos cupieran en la misma mano.

La puerta sigue abierta:

«Si quisiereis y oyereis, comeréis el bien de la tierra; si no quisiereis y fuereis rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de YHVH lo ha dicho» (Isaías 1:19-20).

 

6. Dios no oye a Idolatría ni los que practican abominaciones

Los textos son explícitos:

·    Jeremías 7:16-21 — Dios dice a Jeremías: no ores por este pueblo.

·    Ezequiel 8:16-18 — adoran de espaldas al templo, hacia el sol; «gritarán a mis oídos con gran voz, y no los oiré».

·    Jeremías 11:14-15 — otra vez: no ores; aunque clamen en la aflicción, no oiré.

La idolatría no es solo una estatua. Es poner otro señor en el corazón y luego pedirle a YHVH que bendiga esa vida partida (véase también Ezequiel 14:1-8: vienen a consultar a Dios con ídolos en el corazón).

 

7. Dios no oye cuando cerramos el oído al pobre y al oprimido

«El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído» (Proverbios 21:13).

Dios trata al orante como el orante trata al débil. Quien tapa el oído abajo, encuentra el cielo callado cuando le toca clamar. Isaías 1 y 58 apuntan a lo mismo: ayuno y oración sin justicia son ruido.

No es que ayudar al pobre «compre» la oración. Es que Dios se identifica con el afligido. Cerrar el oído al pobre es cerrar el oído a lo que a Dios le importa. Luego se ora, y la medida vuelve.

Isaías 58 lo dice con toda claridad. El pueblo preguntaba:

«¿Por qué ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido?» (Isaías 58:3).

Dios respondió que en el día de su ayuno buscaban su propio gusto y oprimían a sus trabajadores. El ayuno que Él quiere es otro:

«¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes metas en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras…? Entonces invocarás, y te oirá YHVH; pedirás, y dirá: Heme aquí» (Isaías 58:7, 9).

Primero el oído abierto al necesitado. Después: «invocarás, y te oirá».

Ejemplo 1. En Isaías 58 oraban, ayunaban y se quejaban de que Dios no respondía. El problema no era falta de ritual. Era el jornalero oprimido, el puño cerrado, el oído cerrado. Su clamor subía; el del pobre no había subido con ellos.

Ejemplo 2. Zacarías 7:9-13 manda juzgar con justicia y no agravar a viuda, huérfano, extranjero ni pobre. Ellos no quisieron oír. Entonces Dios dice: «Como él clamó, y no escucharon, así clamaron ellos, y yo no escuché». El oído que se niega al oprimido enseña al cielo a no oír.

La oración que Dios atiende no aparta al pobre como un asunto «aparte de lo espiritual». El clamor del débil y el clamor del orante van juntos. Si uno se cierra, el otro tropieza.

 

8. Dios no oye cuando pedimos con motivos egoístas

 

Este caso lo añade el Nuevo Testamento con nitidez:

«Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (Santiago 4:3).

No es que pedir sea malo. Es pedir para alimentar pasiones, no para honrar a Dios ni para el bien del prójimo.

Santiago no reprende la petición en sí. Reprende el para qué. «Pedir mal» es usar la oración como medio para satisfacer el apetito propio: envidia, lujo, venganza, protagonismo, codicia. Se habla con Dios, pero el centro no es Dios. El centro es el deseo.

El versículo anterior lo explica:

«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?» (Santiago 4:1).

Cuando el corazón está en guerra por lo que quiere, la oración se vuelve otra arma de esa guerra. Por eso no hay recepción.

Ejemplo 1. Jacobo y Juan se acercaron a Jesús a pedir: «Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda» (Marcos 10:37). Pedían cerca de Cristo, pero el motivo era el primer puesto. Jesús no les concedió esa petición. No porque acercarse a Él fuera malo, sino porque pedían mal.

Ejemplo 2. Israel pidió carne con anhelo en el desierto. Dios llegó a darles lo pedido, pero no como bendición:

«No desearon su voluntad, sino que se entregaron a su propio deseo… Él les dio lo que pidieron, más envió flaqueza a sus almas» (Salmo 106:14-15; véase Números 11).

A veces «recibir» lo que se pidió con egoísmo no es señal de que Dios oyó con agrado. Puede ser entrega a un deseo que enferma el alma.

Pedir no está prohibido. Pedir para gastar en los deleites, sí queda sin la respuesta que se espera. La oración oída no pregunta primero «¿qué quiero yo?», sino «¿qué honra a Dios y qué es bueno de verdad?».

 

9. Dios no oye al que con su cónyuge no vive sabiamente

«Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo» (1 Pedro 3:7).

La comunión rota en la casa estorba la comunión con Dios. No es un detalle doméstico menor; Pedro lo pone en el terreno de la oración.

«Vivir sabiamente» no es solo «no pelear hoy». Es tratar al cónyuge con conocimiento, honor y respeto, como a alguien que hereda la misma gracia. Quien humilla, ignora, maltrata o desprecia a su esposa (o vive en dureza contra su marido) no puede entrar a orar como si el hogar no existiera. Dios no separa el altar de la casa.

El mismo principio ya estaba en la Ley y los Profetas:

«Otra cosa habéis hecho: cubrir el altar de YHVH de lágrimas, de llanto y de clamor; así que no miro más a la ofrenda, para aceptarla de buen grado de vuestra mano. Y dijisteis: ¿Por qué? Porque YHVH ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal» (Malaquías 2:13-14).

Llevaban ofrenda y llanto al altar. Dios no miraba la ofrenda. ¿Por qué? Por la deslealtad contra la esposa.

Ejemplo 1. Un marido ora con fuerza: pide bendición, trabajo, unción, que Dios «abra los cielos». En casa es áspero, no honra a su mujer, la trata como menos. Pedro dice que esa oración tiene estorbo. El techo de la casa se vuelve techo también para la oración.

Ejemplo 2. En Malaquías el pueblo lloraba sobre el altar y preguntaba: «¿Por qué no nos acepta?». La respuesta no era falta de ritual. Era el pacto roto con la mujer de la juventud. Dios se puso por testigo de ese matrimonio. Quien es desleal allí, tropieza aquí.

Esto no enseña que el cónyuge herido «controle» a Dios. Enseña que Dios no se hace de la vista gorda con el trato en el hogar. Quien quiere oídos abiertos arriba, debe abrir honor abajo.

 

10. Dios no oye la hipocresía y oración para ser vistos

«Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis» (Mateo 6:5-8).

Orar para lucirse ante los hombres ya tiene su recompensa: la mirada de la gente. Esa es toda la paga. Las vanas repeticiones no obligan a Dios. El Padre ya sabe lo que se necesita; lo que busca es el aposento, no el escenario.

La hipocresía en la oración no es equivocarse en las palabras. Es usar a Dios como telón. Se habla hacia el cielo, pero el corazón está puesto en los que escuchan abajo. Jesús no dice que esa oración «casi llega». Dice que ya cobró su sueldo en la tierra, y por eso no hay que esperar otra respuesta de arriba.

Isaías ya lo había denunciado:

«Este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí» (Isaías 29:13).

Ejemplo 1. Alguien ora largo, fuerte y «hermoso» cuando hay público. En secreto casi no ora, o también ora sin verdad. Según Mateo 6, esa oración pública ya recibió lo que buscaba: ser visto. Dios no está obligado a responder un espectáculo.

Ejemplo 2. El fariseo de Lucas 18:11-12 oró así: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros». No pedía misericordia; se presentaba. Jesús dijo que no bajó justificado. El publicano, en cambio, oró poco y de verdad. Ese fue oído.

Dios oye la oración escondida del que se sabe necesitado. No oye la oración que pretende comprar su favor con frases, volumen o fama espiritual.

 

11. Dios no oye cuando el juicio ya está decretado

Hay momentos en que el pueblo persistió tanto que Dios prohíbe la intercesión:

·    Jeremías 7:16; 11:14; 14:11-12

·    Miqueas 3:4 — clamarán, y no responderá, porque practicaron el mal

·    1 Samuel 28:6 — Saúl consulta, y YHVH no le responde ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas

No es el primer rechazo de Dios. Es el final de una larga negativa a oír.

 

12. Dios no oye muchas veces como nosotros quisiéramos

 

Dios conoce toda oración. Nada se le escapa. Él no está sordo (Isaías 59:1; Salmo 94:9; Salmo 139:1-4; 1 Juan 3:20).

Por eso hay que distinguir dos cosas que a menudo se mezclan:

·    Oír, en el sentido de que Dios sabe y atiende.

·    «No oír», en los textos que hemos estudiado: no aceptar, no atender con favor, no responder como el orante espera.

Los puntos anteriores hablan de obstáculos reales: soberbia, pecado no abandonado, idolatría, oído cerrado al pobre, motivos egoístas, hipocresía. Eso sí puede hacer que Dios esconda el rostro.

Pero el silencio de Dios no siempre prueba pecado. A veces Él oye… y responde de otro modo.

Ejemplo 1. Job.
Job era justo. Clamó, y por un tiempo no hubo respuesta que él pudiera entender. Su dolor no era señal de que Dios no le oía. Dios estaba haciendo otra cosa, y al final le habló desde el torbellino (Job 38–42).

Ejemplo 2. David.
David gritó:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Salmo 22:1).

Eso no salió de un impío, sino de un hombre conforme al corazón de Dios. El silencio se sentía; no por eso David había sido olvidado.

Ejemplo 3. Jesús en la cruz.
El Hijo pronunció las mismas palabras del Salmo 22 (Mateo 27:46). Nadie oró con más limpieza. Aun así hubo tiniebla y clamor. El silencio de aquella hora no era rechazo de un pecador; era el cumplimiento de la redención.

Ejemplo 4. Pablo y el aguijón.
Pablo pidió tres veces que le fuera quitado. La respuesta no fue quitarlo:

«Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:8-9).

Dios oyó. No concedió lo pedido. Dio algo mejor: gracia suficiente.

También Jesús oró en Getsemaní: «Pase de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). El Padre le oyó. El camino de la cruz no se quitó.

Así, a veces la respuesta es:

·    espera (aún no),

·    no (eso no),

·    u otra cosa mejor (no lo que pedí, sino lo que necesitaba).

Por eso este punto no anula los anteriores. Los equilibra. Antes de concluir «Dios no me oye porque estoy en pecado», hay que examinar el corazón. Y antes de concluir «si soy fiel, Dios me dará exactamente esto», hay que recordar a Job, a David, a Pablo y al mismo Jesús.

Dios siempre oye a los suyos. No siempre responde en la forma, en el tiempo ni con la pieza que nosotros habíamos escogido.

 

Conclusión. La puerta que estos mismos textos abren

Casi todos los pasajes de «no oiré» tienen un reverso. Dios cierra el camino a la oración fingida, pero abre de par en par el camino al que vuelve.

·    Isaías 1:18 — «Venid luego, y estemos a cuenta… si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos».

·    Isaías 55:6-13 — «Buscad a YHVH mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a YHVH, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo YHVH. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso. En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a YHVH por nombre, por señal eterna que nunca será raída».

·    2 Crónicas 7:14 — «Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra».

·    1 Juan 1:9 — «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad».

·    Lucas 18:13-14 — el publicano, pecador confeso, ni alzaba los ojos; dijo: «Dios, sé propicio a mí, pecador». Ese bajó justificado.

·    Santiago 5:16 — «La oración eficaz del justo puede mucho».

 

La única oración que el impío tiene garantizada que Dios atiende es la del arrepentimiento verdadero: confesar y abandonar lo malo. No un «perdón» para seguir igual, sino un volver.

Después, el camino de la oración oída es el de quien teme a Dios, oye su Palabra, suelta la iniquidad, perdona, hace justicia y pide conforme a su voluntad.

Dios no está sordo. Donde hay humillación, confesión y abandono del pecado, vuelve a decirse lo que Él prometió: entonces yo oiré.